viernes, 6 de mayo de 2016

Crónicas del Mundo Cosplay: Desencanto

                                                                                    
Le conocí al iniciar la primavera. Probablemente llevaba más en aquel sitio, sin embargo pronto fue una figura de gran notabilidad entre las de su clase. Efectivamente, transcurrieron unos cuantos días, ya era popular. Su tamaño no era imponente, pero la humildad en su figura y capacidad causó gran impresión.

     
 Nuestro primer encuentro fue un trago amargo. La verdad permití que un suspiro escapara de mis labios antes de recibir un golpe de realidad al revisar mis bolsillos. Me retiré maldiciendo entre dientes, proseguí mi camino sin volver el rostro.

         Al día siguiente, ella está ahí, aguardando por mí. La esquivé, giré la cabeza, fingí que la ignoraba y esto pareció divertirle mucho.
          Pasaron los días, el juego entre ambas quedó establecido: si yo la evadía, expresaba mi contento con alguna palabra ofensiva pero festiva. Si ella me atrapaba con su encanto, me pareció que celebraba en silencio mientras pasaba cerca.

         Nuestros encuentros no eran siempre a la misma hora, pero si en el mismo lugar. Ahí me esperaba día tras día. Esa lealtad fue –ahora que lo pienso– lo que doblegó mi voluntad.

      Al paso de varios meses, nos hicimos amigas. Me esperaba con ansias, con cierta maliciosa actitud, continuaron las escenificaciones cotidianas el pequeño episodio: ella en llamar mi atención, y yo a escabullirme.

      Poco a poco me atrapó en sus redes, en más de una ocasión le soñé: trabajamos juntas en grandes y ambiciosos proyectos cosplay, gracias a su talento destacaba en escenarios de cualquier evento, había fans y cámaras por doquier. Con ella de mi lado llegábamos lejos, competencias nacionales e internacionales, me codeaba con gente famosa. No cabía la menor duda, era mi deber verla de frente, cumplir mi sueño y enfrentar mis temores.

     Hasta este punto se comprenderá que ya formaba parte no solo de mis hábitos personales y visiones oníricas, sino de mi propia vida. (Me fascina recordar la certidumbre de que aprendió a moverse de un lado a otro por toda la tienda –por los pasillos, al fondo o al mostrador– para cautivar con sus dotes al mejor postor.

Llegó el lunes y ella se fue.

      Entré a la tienda y no la vi. Revisé cada mostrador y pasillo. No, no estaba ya. Pregunté. Me confirmaron: se la llevaron.

        Uno de los empleados fue más preciso: “La compró una señora, tuvo mucha suerte, usó un cupón del veinte por ciento de descuento más la promoción a meses sin intereses con tarjeta de crédito en nuestra venta de locura, una ganga sin duda”.

         
         Tuve ganas de gritar hasta destrozarme la garganta. Todos mis hermosos proyectos y sueños quebrados como cristal. Suspiré derrotada, di las gracias y cabizbaja salí de la tienda, con mis ahorros de tres meses aun en mi bolsillo. Aún en casa el suceso dio vueltas en mi cabeza una y otra vez. Lo material viene y va, pero ninguna como ella. Créeme, incluso ahora no sabes cuánto extraño esa máquina de coser. 

                        

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